lunes, 12 de julio de 2010

¡FELICIDADES CAMPEONES!

Hay que reconocer que el deporte español en estos últimos años ha dado un vuelco impresionante. Atrás quedaron los tiempos cuando conseguir una medalla en 1.500 m era un hito. Las olimpiadas de Barcelona dieron un vuelco a nuestro débil panorama deportivo y desde hace tiempo España es una potencia en muchas disciplinas: tenis, atletismo, balonmano, baloncesto, waterpolo, ciclismo y un largo etcétera.

Nos hemos acostumbrado a que los triunfos sean habituales en la mayoría de competiciones de elite pero hay que reconocer que faltaba el deporte abrumadoramente mayoritario por estos lares. El futbol se ha convertido, lo han convertido, en algo más que un deporte, es un fenómeno social que mueve sentimientos a unos niveles difícilmente explicables. Una vía de desahogo para lo cotidiano, un generador de ilusiones, un identificador de grupo, es EL DEPORTE.

La consecución del campeonato del mundo ha traído a la mayoría de gentes un halo de aire fresco, un paréntesis en tanta mala noticia, una felicidad necesitada y merecida. Un sentimiento, si se me permite la comparación, parecido al que se daba en los tiempos de la transición cuando espontáneamente las gentes salíamos a las calles a sumarnos a la primera manifestación que pidiera libertad sin importar la clase, el signo o el lugar, con un espíritu de camaradería, espontaneidad y sana complicidad que te hacía sentir que aquello era bueno.

Indistintamente de lo que a uno le pueda gustar este deporte, aparte de cualquier otra consideración, he visto tantas caras de alegría por las calles, en el trabajo, en el autobús y en los bares que uno no puede más que dar las gracias a la selección de futbol por haber traído felicidad a tanta gente que tanta falta les hacía, por haber dado ejemplo de compromiso, de trabajo, de compañerismo, de equipo, de humildad y de todos los buenos valores de los que viene haciendo gala y que son un modelo para el deporte y las personas.