viernes, 25 de junio de 2010

INMIGRACIÓN

Por su interés, pongo en el blog este escrito que he recibido de Fernando Mantiñan, un inmigrante cubano de padre español y madre cubana, residente en España y que realiza un análisis interesante del tema de la inmigración. Quizás, añadiría a las reflexiones de Fernando la necesidad de que el compromiso del país receptor con el inmigrante sea compartido; en el sentido de la disposición de este a integrarse en la "nueva" cultura sin que ello signifique renunciar a la suya o la normal aceptación y respeto a las costumbres, leyes y aspectos sociales del país receptor:

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA INMIGRACIÓN
Fernando Mantiñán Romero

Las recientes decisiones de algunos ayuntamientos de Cataluña prohibiendo o limitando el uso del burka han reavivado las discusiones sobre la situación de los inmigrantes en España, su integración y la política que debería seguir el Estado con respecto a este tema. El objetivo de este artículo no es dar soluciones al problema sino ofrecer información sobre éste y servir como materia de discusión.

Estudiando el problema de la inmigración debemos fijarnos en los países que han tenido más experiencia en la asimilación de grandes masas de inmigrantes. Son fundamentalmente cinco: tres países anglosajones, Estados Unidos, Canadá y Australia, y dos países latinoamericanos, Argentina y Brasil. Analizando estos países vemos que a principios del siglo XIX los cinco tenían ciertas características comunes. 1) Una gran extensión territorial; 2) una población muy escasa y 3) una economía en expansión. Todos estos países recibieron durante los siglos XIX y XX a millones de inmigrantes, principalmente de Europa, y los asimilaron con más o menos problemas.

Si examinamos a los Estados Unidos, el país que más inmigrantes recibió durante los últimos dos siglos, veremos que la inmigración no fue un fenómeno casual sino el resultado de una política deliberada de los sucesivos gobiernos norteamericanos que querían poblar lo antes posible el territorio de un país enorme. Las primeras oleadas de inmigrantes estaban formadas por alemanes y escandinavos, los cuales fueron asimilados en un tiempo sumamente corto. Estos inmigrantes tenían las siguientes características: Eran de religión protestante, de cultura germánica y pertenecían al grupo nórdico de la raza blanca, es decir, eran sumamente parecidos a la población anglosajona original. A mediados del siglo XIX comenzaron a llegar los inmigrantes irlandeses (principalmente campesinos pobres despojados de sus tierras por los terratenientes ingleses), que eran del mismo grupo racial pero no eran germánicos sino celtas y no eran protestantes sino católicos. El resultado de estas diferencias fue que esta ola de inmigrantes tardó mucho más tiempo en asimilarse a la población original. A mediados del siglo XIX la situación de un inmigrante irlandés en Nueva York era similar a la de un inmigrante portorriqueño a mediados del siglo XX. Si en esa época a un anglosajón le hubieran pronosticado que un descendiente de irlandeses llegaría a presidente de los Estados Unidos hubiera considerado que el autor de la profecía estaba loco. Pero, en el siglo XX, los hermanos Kennedy jugaron un papel bien conocido en la política norteamericana.

Bien entrado el siglo XIX comenzaron a llegar los inmigrantes italianos, de raza blanca pero de otro grupo racial, el mediterráneo, y de religión católica. En este caso su asimilación fue aún más lenta y difícil que la de los irlandeses, pero al final se integraron en la población de los Estados Unidos. Estos inmigrantes le dieron a los Estados Unidos cantantes y actores (Frank Sinatra), políticos (Fiorello La Guardia, alcalde de Nueva York), científicos (Enrico Fermí) y capos de la mafia (“Lucky” Luciano).

A finales del XIX y comienzos del XX comenzaron a llegar a la costa del Pacífico los primeros inmigrantes no blancos, los chinos y japoneses procedentes del Asia Oriental, los cuales estuvieron sometidos durante mucho tiempo a una discriminación aún mayor que la de los inmigrantes blancos anteriores(1). Pero a pesar de la diferencia racial, cultural y religiosa (la mayoría de los chinos y japoneses no eran cristianos) los asiáticos se integraron con notable éxito a la población original, que ya no era anglosajona pura. Por ejemplo, el batallón 222 formado por americanos de ascendencia japonesa fue el batallón más condecorado del ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Como se mencionó anteriormente los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos tuvieron una política de estímulo a la inmigración que tenía como objetivo poblar lo más rápidamente posible un territorio casi despoblado. Para poder asimilar a esta población extranjera se desarrolló una política que tuvo como nombre “el melting pot”, frase que puede traducirse por “el caldero de fundición” o “el crisol de fundición”. Al igual que los metales que al agregarse a la masa de fundición original pierden sus características particulares, las sucesivas oleadas de inmigrantes debían integrarse en la población norteamericana asumiendo las características de ésta. Pero había otra analogía entre el proceso inmigratorio y el metalúrgico. La aleación resultante no es exactamente igual al metal original y la sociedad que recibe a los inmigrantes también cambia durante el proceso de asimilación de éstos. Este proceso tuvo un éxito notable aunque las poblaciones inmigrantes, especialmente los grupos mayores, no desaparecieron totalmente disueltas en la población original. En los Estados Unidos aún quedan muchas comunidades como “Little Italy” en Nueva York, “Chinatown” en San Francisco y Los Ángeles, “La Pequeña Habana” en Miami y muchas más. En los otros países que fueron grandes receptores de inmigrantes se produjo un resultado similar y en todos estos países este proceso fue, repetimos, un proceso consciente dirigido por el Estado. En Argentina, por ejemplo, el presidente Sarmiento estimuló la inmigración europea con los mismos métodos que se usaron en los Estados Unidos. Esta inmigración sólo se interrumpió en la segunda mitad del siglo XX debido a las crisis políticas sufridas por Argentina.

Además de los cinco grandes países que hemos mencionado, también han existido otros receptores de inmigrantes con menos extensión territorial, por ejemplo, Venezuela, que con algo más de 900.000 Km², sería una país enorme en Europa pero es sólo ligeramente superior al promedio en Suramérica. Durante el siglo XIX Venezuela no recibió inmigrantes en cantidad notable pero después del descubrimiento de los yacimientos de petróleo y el consiguiente crecimiento de su economía comenzó a recibir oleadas de inmigrantes, principalmente españoles e italianos. Otro caso es el de Cuba, que con 114.000 Km² de extensión es un país pequeño en cuanto al promedio suramericano. A pesar de eso, Cuba recibió alrededor de un millón de inmigrantes europeos (un 75% de españoles) durante la primera mitad del siglo XX. Esto se debió a que el país tuvo una economía en expansión durante los primeros 50 años de ese siglo, exceptuando los años de la Gran Depresión. En este caso, también la inmigración fue estimulada conscientemente por los sucesivos gobiernos cubanos.

Para resumir, las características principales de los países receptores de inmigrantes son: mucho territorio, poca población y, principalmente, una economía en crecimiento y una política conscientemente planeada por el gobierno.

En las décadas de los 50 y 60 del siglo XX Europa Occidental vivió el periodo de prosperidad y desarrollo económico más grande de su historia. En estos años los países de Europa Occidental, especialmente Alemania, Francia y Gran Bretaña, se convirtieron en receptores de inmigrantes, invirtiendo su papel tradicional de exportadores de emigrantes a América y a sus propias colonias. El desarrollo económico llegó a movilizar la totalidad de la población obrera de esos países obligándolos a reclutar trabajadores en el extranjero, primero en España y Portugal y posteriormente en África del Norte (Francia), en Turquía (Alemania) y en la India y Pakistán (Gran Bretaña), reclutamiento que, en la mayoría de los casos, se realizaba por métodos legales, por ejemplo, en el caso de los trabajadores turcos contratados para trabajar en Alemania, eran las propias empresas alemanas las que se encargaban de realizar todos los trámites en los consulados alemanes. Este reclutamiento de trabajadores en el extranjero tropezó con las dificultades de asimilación normales pero nunca llegó a producir un rechazo masivo de la población local hacia los extranjeros. Esta situación se mantuvo hasta la crisis del petróleo en 1973 que paralizó el desarrollo de la economía mundial durante muchos años. El caso europeo nos muestra que el elemento principal que determina la asimilación o no de los inmigrantes es el económico, aunque los otros elementos tienen gran importancia. Desde la crisis de 1973 la economía europea no ha vuelto a vivir un proceso de crecimiento sostenido como el de los años 50 y 60, pero, a partir de los años 80 y, sobre todo, de los 90 se ha producido la llegada a Europa de nuevas oleadas de inmigrantes procedentes de África, Asia y América Latina que tratan de escapar de la pobreza (y a veces miseria) de sus países de origen, y en ocasiones también de las guerras, persecuciones y otras formas de violencia. Gran parte de estos inmigrantes no han sido asimilados por las sociedades de acogida y han llegado a encontrarse con un rechazo como nunca se había visto en el pasado.

Al problema económico, la escasez de nuevos puestos de trabajo en una economía estancada, se ha sumado otro factor de tipo social y cultural. En la mayoría de los países europeos no se ha realizado una política de asimilación de los inmigrantes sino todo lo contrario, se ha aplicado el llamado “multiculturalismo”(2) que consiste en la separación de los inmigrantes en grupos que tienen características culturales y nacionales diferentes a las del país de acogida y diferentes entre sí. La aplicación de esta receta ha llevado a la formación de numerosos ghettos nacionales de inmigrantes que viven aislados de la sociedad en general y de los otros inmigrantes y a las manifestaciones de xenofobia y rechazo a los inmigrantes que se han visto en la mayoría de los países de Europa Occidental. A esta política equivocada se le ha sumado la crisis económica. La situación de pleno empleo desapareció con la crisis del petróleo de 1973, pero ahora nos vemos en una situación de crecimiento del desempleo. Los trabajadores, nativos e inmigrantes, tienen que competir por un número cada vez más reducido de puestos de trabajo. No es necesario explicarle a nadie los resultados de esa competencia.

Lo que hemos dicho hasta ahora es un breve análisis de la situación de Europa Occidental en general. La situación de España en particular es aún más difícil. En el año 2000 España tenía una población de 40.500.000 habitantes, aproximadamente, de los cuales el 2,3% (930.000 aproximadamente) eran inmigrantes. En el año 2009 España había alcanzado la cifra de 46.700.000 habitantes, aproximadamente, de los cuales el 12% (5.600.000 aproximadamente) son inmigrantes. En un plazo de sólo 9 años la población de inmigrantes se ha multiplicado por seis. Aquí lo más grave no es el número de inmigrantes sino la velocidad con que se ha llegado a ese número, la sociedad no ha tenido tiempo para responder a los problemas creados por ese crecimiento increíblemente rápido de la población. Si estuviéramos en una época de crecimiento económico moderado, como en el 2000, la situación sería difícil de resolver. En una época de crisis económica y desempleo generalizado las perspectivas son bastante más que preocupantes.

Este crecimiento de la población extranjera se ha producido sin que existiera una política consciente de estimulación de la inmigración. La llegada masiva de inmigrantes ha puesto a los sucesivos gobiernos españoles frente a un problema al que no se le ha encontrado solución o, quizás, no se ha querido encontrarle solución.

Un gran número de inmigrantes han llegado a España de manera ilegal y, además, es bastante difícil para un inmigrante legalizarse porque las leyes sobre inmigración son muy vagas, con frecuencia contradictorias y generalmente inaplicables. Estos inmigrantes tienen que trabajar en condiciones de ilegalidad o alegalidad, recibiendo salarios inferiores a los que recibe un trabajador español o un inmigrante legal. Este fenómeno se encuentra sobre todo en la agricultura y en la construcción, sectores de la economía que necesitan mano de obra barata. Por lo tanto, es razonable pensar que las autoridades españolas a diferentes niveles han mirado hacia otro lado cuando llegaban estos inmigrantes porque se trata de facilitar mano de obra barata a ciertos sectores de la economía. Ahora, el problema de la inmigración en España está agravado por la desaparición del crecimiento de la economía, el elemento fundamental que hacía posible la asimilación de los inmigrantes y empeorado aún más porque no hay una política bien definida sobre la inmigración. Una política sobre inmigración no puede ser una solución momentánea del gobierno de turno, tiene que ser un proyecto a largo plazo en el que estén de acuerdo como mínimo los principales partidos políticos y las principales organizaciones sociales y económicas, especialmente los sindicatos obreros, y a este proyecto sólo se puede llegar mediante un diálogo nacional que tenga en cuenta todas las diferencias culturales y religiosas que se van a sumar a las dificultades económicas y políticas. Este diálogo nacional (que debe incluir también a los inmigrantes) deberá comenzar lo antes posible porque el tiempo apremia, mucho más de lo que se imaginan la mayoría de los observadores del escenario político.

(1) Los indios y los negros fueron sometidos a un tratamiento muchísimo peor que el de los chinos y los japoneses, pero no eran inmigrantes. Los indios ya estaban en América antes de que llegaran los blancos y los negros no viajaron voluntariamente a América, los llevaron a la fuerza.

(2) Aunque parezca mentira, el multiculturalismo fue inventado en la década de los 60en los Estados Unidos, precisamente el país que más inmigrantes había asimilado en el pasado. La actual incapacidad de los Estados Unidos para asimilar inmigrantes mejicanos y centroamericanos está relacionada directamente con la aceptación generalizada de esta estupidez por su clase política e intelectual.

Fernando Mantiñán Romero